miércoles, 3 de noviembre de 2010

Soy la emperatriz

En octubre del año pasado, asistí al Festival de Poesía que todos los años organiza la Fundación Poetas. En esa ocasión tuve la oportunidad de conocer al poeta chileno Rafael Rubio, quien leyó uno de los poemas que más me gustaron durante todo el festival. A pesar que se lo pedí por escrito nunca me lo envió, sin embargo, lejos de que esto sea un reclamo, estoy feliz de haberlo encontrado en La Casa de Asterión de Gustavo Solórzano-Alfaro, pueden pinchar aquí si quieren leer un poco más de su poesía, y feliz también de poder compartirlo en este espacio.

Aquí les va sin resentimiento:

Discurso de la emperatriz
o el canto de cisne de la Virgen del Carmen

Yo soy la emperatriz.
Fui creada a imagen y semejanza de la muerte
en un tiempo anterior a la resurrección de la carne
Antes de mí no existió cosa creada
Ni el cielo ni la noche precedieron
a la velocidad de la belleza
de la que fuimos y somos una imagen especular
Bastaría un aleteo de mis alas
para que dios se disemine en el espacio
en un abrir y cerrar de ojos o de pétalos.
Mi belleza es un escándalo, yo soy la emperatriz.
Mirad la luz que me arrojan los vitrales
pintados por el ángel de Bizancio.
la luz que es menos luz cuando la miran
los ojos de los dioses.
La luz que da la muerte en ciertas cosas, en ciertas criaturas.
Yo soy la emperatriz.
Aquí me tienen, suspensa sobre una rama de vidrio,
con las alas extendidas como estambres
sobre la flor de oro del gusano.
mi felicidad es una pesadilla olvidada en un abrir y cerrar de alas insomnes.
El que toca mi corazón toca la luz.
Yo vivo fuera de mí misma, vivo fuera de mí.
Pero todo lo que miro,
señor
pasa a vivir en mí como en un templo.
Si supieran lo hermosa que me pongo
cuando pienso en el derrumbe del espíritu
podrían entender cuánto me amo.
Y mi velocidad es la velocidad de la paloma que huye del esposo
cuando escucha la lira de san Juan.
Tan parecida soy al colibrí
─vuélvete, paloma
que ni yo misma me alcanzo cuando vuelo,
Y aunque no soy la luz, sino la velocidad de la luz
estoy más arriba que el aire
y mi belleza está en directa proporción con el florecimiento de la miseria
de la que mi velocidad es una imagen fidedigna.
El amor que yo tengo es un desierto que no ocupa un lugar en el espacio
El amor que yo tengo no cabe en la luz.
Porque por mí la tierra sube
Y se coloca encima de los aires
y es posible ver la tierra sobre el cielo
el labriego sobre el ángel,
el árbol sobre el pájaro
y el hambriento sobre el trono del rey.
Señor.
Yo soy la madre de todo lo creado, el útero y el semen
(el polen y el estambre)
la fuente inmaculada de la que todo brota,
yo soy la hermosa amada de san Juan, la paloma
que vuelve del otero,
cuando la luz es hambre
Y las ovejas descarriadas constituyen el florecimiento de la caridad,
el arrepentimiento del ciervo vulnerado (que voy de vuelo,
vuélvete paloma). Yo soy la emperatriz.
Mi belleza es la resurrección de la carne, el oro, el útero, el trueno, el oropel.
No hay tragedia más grande que la luz.
(La luz es una inmoralidad que no he de perdonar ni al más oscuro de mis hijos)
Mi amor no conoce la ley de gravedad
y he llegado a pensar que soy la tumba de un sol muy antiguo.
He vivido encerrada en una luz
que no cabe en el cielo:
una luz que me quema el corazón.
Porque una sola sacudida de mis alas bastaría
para esfumar el cielo
en un abrir y cerrar de ojos o pistilos.
Es tanta mi belleza que la luz se vuelve oscura
cuando digo yo soy la emperatriz,
tanta la pureza de mi lengua, que se derrumba dios cuando lo nombro.
Y el amor en mí es la muerte de la muerte.
La luz que da la muerte sobre el cuerpo
al entrar en otro cuerpo
La luz que alumbra el sexo de la avispa,
cuando el amor la llama tras la llama.
que alimentan las lenguas de los pájaros
detenidos ante el oro de las fuentes.
Y mi felicidad es el trueno y el relámpago reunidos en los ojos de los tigres
O el desencuentro definitivo entre la realidad y el deseo.
Mis ocelos son los ojos del tigre y la pantera.
Por ellas mira el sol cuando nos mira, por ellos
salen las lenguas rojas del monarca,
sus orquídeas que insultan y se enroscan por amor a la muerte
o por el odio que propicia el amor en ciertos hombres, en ciertas criaturas
Yo soy la emperatriz.
De mi dirán los pájaros que fui una quemadura
Dirán que estoy más loca que la luz,
y que el cielo es el espejo de mis llagas
Mi felicidad es el choque entre la luz y el oro, en mis labios se afilan las espadas
que sostiene el centinela de los templos.
No he visto sino lo que se ve
desde afuera de los ojos,
reclusa que se resarce
en el día de oro de la muerte.
Mis ojos reciben las semillas, ahí habrán de germinar.
Yo soy la emperatriz.
Pero si miran bien (entre mis piernas) verán que hay un pantano.
Un desierto en mi corazón.
Porque si bien estoy en la presencia del rey
(Y en mi alma hay una luz que es más grande que el alma.
y mi felicidad es un escándalo público
pintado en los muros de la capilla Sixtina.
para escarnio de los amigos y los enemigos de Miguel Ángel,
símbolo y profecía de la ferocidad
con que los hombres en un tiempo anterior a la carne
enterrarán la verdad en una urna de oro)

Dios, déjame decirte un par de cosas:
Sácame a bailar.



De “Inéditos de Rafel Rubio”, en Grifo, n.o 13, octubre-noviembre, Santiago de Chile: Escuela de Literatura Creativa Diego Portales, 2008: 19-22.

Rafael Rubio (Santiago de Chile, 1975). Poeta y profesor. Licenciado, magíster y doctor en literatura. Entre otros reconocimientos, primer lugar Concurso de la FEUC (1996), mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (1997) y Premio Yo no me Callo (1997). Imparte clases de análisis formal de textos poéticos. Ha publicado tres poemarios: Arbolando (1998), Madrugador tardío (2000) y Luz rabiosa (2007).


Y aquí yo con el poeta intercambiando datos: